Traducido del original en https://www.wired.com/story/excerpt-end-of-forgetting-kate-eichhorn/ escrito por Kate Eichhorn.


 

Llevamos ya varias décadas en la “Era de los Medios Digitales”, y nuestra capacidad de dejar atrás la infancia y la adolescencia está comenzando a peligrar. Aunque es difícil obtener números exactos, es evidente que la mayoría de los jóvenes con acceso a teléfonos móviles toman y hacen circular selfies a diario. También hay evidencia creciente de que estas no son simplemente una obsesión entre adolescentes: los niños pequeños también disfrutan tomándolas e incluso han logrado (intencionalmente o no) poner sus imágenes en circulación. ¿Cuál es el costo de esta documentación excesiva? Más específicamente, ¿qué significa llegar a la mayoría de edad en una era en que las imágenes de la infancia y la adolescencia, e incluso las redes sociales formadas durante este período fugaz de la vida, se conservan tan fácilmente y pueden persistir obstinadamente con o sin la intención o el deseo de uno? ¿Se puede trascender alguna vez la juventud si esta permanece perpetuamente presente?

La crisis que enfrentamos con respecto a la persistencia de las imágenes de la infancia fue la menor de las preocupaciones cuando las tecnologías digitales comenzaron a reestructurar nuestra vida cotidiana a principios de los años noventa. Los académicos de los medios de comunicación, sociólogos, investigadores de la educación y alarmistas de todas las orientaciones políticas seguramente prefirieran lamentar la pérdida de la infancia que preocuparse por la posibilidad de la presencia perpetua de la infancia. Algunos educadores e investigadores educativos estaban explorando seriamente los beneficios potenciales de Internet y otras tecnologías digitales emergentes, pero el período estuvo marcado por un amplio pánico moral sobre las nuevas tecnologías de los medios. Como resultado, gran parte de las investigaciones más tempranas sobre los jóvenes y la Internet buscaban apoyar o refutar los temores sobre lo que estaba por desenvolverse en la red.

Algunas de las primeras preocupaciones sobre el impacto de internet en niños y adolescentes fueron legítimas. Internet hizo que la pornografía, incluida la pornografía violenta, estuviera más disponible, y permitía a pedófilos acceder más fácilmente a los jóvenes. Las agencias policiales y los legisladores continúan lidiando con estos graves problemas. Sin embargo, muchas de las preocupaciones iniciales acerca de Internet estaban arraigadas solo en el miedo y se basaron en suposiciones de larga data sobre los jóvenes y su capacidad para tomar decisiones racionales.

Muchos adultos temían que si se les permitía navegar solos por la web, los niños sufrirían una pérdida de inocencia rápida e irreparable. Estas preocupaciones fueron alimentadas por informes sobre lo que supuestamente acechaba en línea. En un momento en el que muchos adultos estaban recién empezando a aventurarse en él, internet se mostraba comúnmente en los medios populares como un lugar donde cualquiera podía vagar fácilmente en un dominio multiusuario (MUD) con carga sexual, salir con piratas informáticos y aprender los trucos de su oficio criminal, o perfeccionar sus habilidades como terrorista o constructor de bombas. De hecho, hacer cualquiera de estas cosas generalmente requiere más que una sola incursión en la web. Pero eso no sirvió mucho para reducir las percepciones de Internet como un lugar oscuro y peligroso donde amenazas de todo tipo esperaban en la puerta de bienvenida.

Mientras los medios estaban obsesionados con la forma de proteger a los niños de la pornografía, de los pervertidos, de piratas informáticos y de vigilantes, investigadores de ciencias aplicadas y sociales estaban ocupados produciendo grandes cantidades de estudios basados ​​en la evidencia sobre el supuesto vínculo entre el uso de Internet y diversos trastornos físicos y sociales. Algunos investigadores advirtieron que pasar demasiado tiempo en línea conduciría a mayores niveles de obesidad, lesiones por esfuerzo repetitivo, tendinitis y lesiones de espalda en los jóvenes. Otros advirtieron que Internet causaba problemas mentales, que iban desde el aislamiento social y la depresión hasta una capacidad reducida para distinguir entre la vida real y las situaciones simuladas.

Un tema común que sustenta artículos populares y académicos sobre internet en la década de 1990 fue que esta nueva tecnología había creado un cambio en el poder y el acceso al conocimiento. Un artículo de 1993, ampliamente reimpreso y siniestramente titulado “Precaución: niños jugando en la autopista de la información” advertía: “Dejar a los niños frente a la computadora es un poco como dejarlos andar por el centro comercial por la tarde. Pero cuando los padres dejan a sus hijos o hijas en un centro comercial real, generalmente establecen reglas básicas: no hables con extraños, no vayas a Victoria’s Secret, y esta es la cantidad de dinero que podrás gastar. En el centro comercial electrónico, pocos padres están estableciendo las reglas o incluso tienen una mínima idea de cómo hacerlo ”. Si los padres estaban tanto preocupados como despistados, tenía mucho que ver con el hecho de que a medida que avanzaba la década, los jóvenes crecieron hasta superar en número a los adultos en muchas regiones de lo que luego se describiría comúnmente como ciberespacio. Las preguntas prácticas de los padres se volvieron cada vez más difíciles de responder y, en algunos casos, incluso preguntar en primer lugar. ¿Quién tenía el poder de imponer un toque de queda en este ámbito en línea? ¿Dónde estaban los límites de este espacio nuevo y en rápida expansión? ¿Qué tipo de relaciones establecían los niños allí? ¿Eran los jóvenes que se conocieron en línea simplemente amigos por correspondencia intercambiando cartas en tiempo real o eran conocidos reales? ¿Podría un hijo tener encuentros sexuales o simplemente intercambiar mensajes sobre sexo en línea? No había nada nuevo en cuanto a los padres que se preocupaban por dónde estaban sus hijos y qué hacían, pero estas preocupaciones se vieron exacerbadas por los nuevos desafíos conceptuales. Los padres ahora tenían que tomar decisiones bien informadas sobre el bienestar de sus hijos en un ámbito que pocos de ellos comprendían o habían experimentado de primera mano.

En tal contexto, es fácil entender por qué se invocó a la inocencia de los niños como una razón para aumentar la regulación y el monitoreo en Internet. En Estados Unidos la “Ley de Decencia en las Comunicaciones”, establecida por el presidente Clinton en 1996, obtuvo un apoyo considerable debido a los temores generalizados de que sin un aumento en la regulación de las comunicaciones, los niños de la nación estaban condenados a convertirse en pervertidos y vigilantes digitales. Este acta, a la cual la Unión Americana de Libertades Civiles más tarde impugnaría con éxito en la Corte Suprema como una violación de la Primera Enmienda, autorizó al gobierno de los EE. UU. a “alentar el desarrollo de tecnologías que maximizaran el control del usuario sobre la información que reciben las personas, las familias, y las escuelas que usan Internet y otros servicios informáticos interactivos” y “eliminar los desincentivos para el desarrollo y la utilización de tecnologías de bloqueo y filtrado que permiten a los padres restringir el acceso de sus hijos a material en línea objetable o inapropiado ”. Aquellos que escribieron el acta dieron por hecho la afirmación de que la percepción de la realidad de los niños está influenciada invariablemente por sus interacciones con las tecnologías de los medios (una afirmación basada en estudios anteriores sobre las interacciones de los jóvenes con el cine y la televisión) y, como resultado, los filtros son necesarios.

Sin embargo, al menos algunos críticos reconocieron que los discursos centrados en la inocencia de los niños se estaban utilizando para promover la censura en línea sin tener en cuenta las necesidades reales de los niños. En un artículo de 1997 publicado en Radical Teacher, el teórico de los medios Henry Jenkins observó astutamente que el pánico moral de padres, educadores y políticos acerca de internet no era nada nuevo. Desde los ataques a libros de historietas a principios del siglo XX hasta el pánico posterior sobre los efectos negativos del cine, la radio y la televisión, el argumento de que los nuevos medios representan una amenaza para los jóvenes ya estaba bien ensayado. Jenkins argumentó que el verdadero problema no era los nuevos medios, sino el mito de la propia inocencia infantil:

El mito de la “inocencia de la infancia” vacía a los niños de sus propios pensamientos, despojándolos de su propia integridad política y “agendas” sociales para que puedan convertirse en vehículos para las necesidades, los deseos y la política de los adultos … El niño “inocente” es una abstracción cada vez más peligrosa en cuanto comienza a sustituir en nuestro pensamiento a los niños reales, o cuando ayuda a justificar los esfuerzos para restringir sus mentes y regular sus cuerpos. El mito de la “inocencia infantil”, que considera a los niños solo como posibles víctimas del mundo adulto o como beneficiarios de la protección paternalista, se opone a las pedagogías que empoderan a los niños como agentes activos en el proceso educativo. No podemos enseñar a los niños a pensar críticamente si les negamos el acceso a información desafiante o imágenes provocativas.

Jenkins no fue el único en insistir en que el verdadero desafío era capacitar a los niños y adolescentes para que usen internet de manera productiva e innovadora, a fin de construir una esfera pública nueva y vibrante. Sabemos ahora que una gran masa de educadores y padres eligió permitir a los niños un amplio acceso a Internet en la década de 1990 y principios de la década del 2000. Esos jóvenes terminaron construyendo muchas de las redes sociales y compartiendo plataformas de economía que transformarían las vidas de personas de todas las edades a fines de la primera década del nuevo milenio. (En 1996, Mark Zuckerberg de Facebook tenía 12 años, y Brian Chesky de Airbnb tenía 15 años.) Pero en ese momento, Jenkins tenía una empresa difícil, su argumento se circulaba en el contexto de una cultura donde muchas personas ya habían renunciado al futuro de la infancia. Entre los escépticos más conocidos estaba otro teórico de los medios, Neil Postman. Postman argumentó en su libro de 1982, La desaparición de la infancia, que los nuevos medios estaban erosionando la distinción entre la infancia y la edad adulta. “Con la divulgación rápida e igualitaria en los medios eléctricos del contenido total del mundo adulto, se producen varias consecuencias profundas”, afirmó. Estas consecuencias incluían una disminución de la autoridad de los adultos y la curiosidad de los niños. Aunque no necesariamente estaba de acuerdo con la idea de la inocencia infantil, sí lo estaba con la idea y el ideal de la infancia, la cuál creía que se encontraba ya en decadencia. Afirmó que esto tenía mucho que ver con el hecho de que la infancia (invento histórico relativamente reciente) es un constructo que siempre ha estado profundamente enredado con la historia de las tecnologías de los medios.

Si bien, por supuesto, siempre ha habido gente joven, varios estudiosos han postulado que el concepto de infancia es un invento moderno. Postman no solo adoptó esta posición, sino que también argumentó que este concepto fue una de las consecuencias de largo alcance de la imprenta con tipos móviles, que apareció por primera vez en Mainz, Alemania, a fines del siglo XV. Con la difusión de la cultura impresa, se degradó la oralidad, creando una jerarquía entre los que podían leer y los que no podían. Los más jóvenes fueron colocados cada vez más fuera del mundo adulto de la alfabetización. Durante este período, ocurrió algo más: se empezaron a producir diferentes tipos de trabajos impresos para diferentes tipos de lectores. En el siglo XVI no había notas basadas en la edad o libros correspondientes. Se esperaba que los nuevos lectores, ya fueran de 5 o 35 años, leyeran los mismos libros básicos. A finales del siglo XVIII, sin embargo, el mundo había cambiado. Los niños tenían acceso a los libros infantiles, y los adultos tenían acceso a los libros para adultos. Los niños eran ahora considerados una categoría separada que requería protección contra los males del mundo adulto. Pero el reinado de la infancia (según Postman, un período que se extiende aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX) sería de corta duración. Aunque las tecnologías de comunicación y los medios de transmisión anteriores (desde el telégrafo hasta el cine) ya estaban desapareciendo en la infancia, la llegada de la televisión a mediados del siglo XX marcó el principio del fin. Postman concluye: “La televisión erosiona la línea divisoria entre la niñez y la edad adulta de tres maneras, todas relacionadas con su accesibilidad indiferenciada: primero, porque no requiere instrucciones para captar su forma; segundo, porque no impone exigencias complejas ni a la mente ni a la conducta; y tercero, porque no segrega a su audiencia “.

Aunque el libro de Postman se enfoca en la televisión, contiene una nota al pie curiosa pero rara vez discutida sobre el impacto potencial de la computación. En el capítulo final, Postman plantea y responde a seis preguntas, entre las que se incluyen las siguientes: “¿Hay alguna tecnología de la comunicación que tenga el potencial de satisfacer la necesidad de infancia?” En respuesta a su propia pregunta, responde: “La única tecnología que tiene esta capacidad es la computadora”. Para programar una computadora uno debe, en esencia, aprender un idioma, una habilidad que debería adquirirse en la infancia:” Si se considerase necesario que todos sepan cómo funcionan las computadoras, cómo imponen su visión especial del mundo, cómo alteran nuestra definición de juicio (es decir, si se considera necesario que exista una alfabetización universal sobre la computación), es posible que la escolarización de los jóvenes tenga mayor importancia y se sostenga una cultura juvenil diferente de la cultura adulta”. Pero las cosas podrían resultar ser distintas. Si los intereses económicos y políticos deciden que podrían ser mejor ejecutados “permitiendo que la mayor parte de una población semi alfabetizada se entretenga con la magia de los juegos de computadora, para usar y ser usados por las computadoras sin comprenderlo … la infancia podría continuar sin obstrucciones su viaje hacia olvido”.

En ese momento, el argumento de Postman sin duda tenía mucho sentido. Cuando estaba escribiendo su libro, probablemente a mano o en una máquina de escribir, la idea de que una futura generación de niños, incluso los más pequeños, fácilmente podrían usar computadoras aún no se le había ocurrido a la mayoría de las personas. En 1982, cuando La desaparición de la infancia llegó a las librerías, la interfaz gráfica de usuario que transformaría la informática aún no se había lanzado a escala masiva. A menos que Postman haya tenido acceso a un Xerox Star, que se vendía a aproximadamente $16.000 por unidad en 1981, probablemente no estaría pensando en las computadoras en su forma actual. Seguramente imaginaba que el uso de las computadoras para más que entretenimiento seguiría siendo exclusivo a aquellos con una experiencia considerable ( similar a la de dominar un nuevo idioma). Por supuesto, no es así como se desarrolló la revolución digital.

A medida que el Xerox Star evolucionaba hacia la interfaz de computación actual y luego a las pantallas táctiles de teléfonos móviles y tabletas, la capacidad de programar computadoras ya no estaba vinculada a la habilidad de usarlas para una amplia gama de propósitos más allá de los juegos. Gracias a la interfaz gráfica de Xerox, que eventualmente fue popularizada por Apple, en la década de 2000 se podían hacer muchas cosas con computadoras sin conocimiento o interés en su funcionamiento interno. Lo otro que Postman no anticipó es que los jóvenes serían más adeptos a construir y programar computadoras que la mayoría de los adultos. La fluidez en este nuevo idioma, a diferencia de la mayoría de los otros idiomas, no se profundizaba ni se expandía con la edad. A fines de la década de 1990, quedaban pocas dudas de que los adultos no controlaban la revolución digital. Las herramientas y plataformas digitales más ubicuas de nuestra era, desde Google hasta Facebook y Airbnb, serían todas inventadas por personas recién salidas de la adolescencia. ¿Cuál fue el resultado? Al final, la infancia tal como existió una vez (es decir, en la era anterior a la televisión) no se restauró, pero el temor de Postman de que la infancia desapareciera también resultó ser erróneo. En cambio, sucedió algo bastante inesperado.

A principios de la década de 1980, Postman y muchos otros vieron que la línea entre la cultura infantil y la cultura de los adultos se disolvía rápidamente, principalmente debido al impacto indiferenciado de la televisión. La solución fue restablecer el equilibrio: reimponer los límites entre estas culturas, antes separadas. Postman argumentó que si pudiéramos regresar a una era anterior a la televisión donde los niños ocupaban un mundo y los adultos otro, la infancia podría tener alguna esperanza de sobrevivir en el siglo XXI y mucho más allá. Hoy en día, la distinción entre la infancia y la edad adulta ha vuelto a surgir, pero no de la manera que Postman imaginaba.

En nuestra era digital actual, la cultura infantil y adolescente se encuentra viva y plena. La mayoría de los jóvenes pasan horas en línea todos los días, explorando mundos en que la mayoría de los adultos tienen poco interés y un acceso limitado. Pero aquí es donde radica la verdadera diferencia. En el mundo de la impresión, los adultos determinaban a qué podían y no podían acceder los niños; después de todo, los adultos operaban las imprentas, compraban los libros y controlaban las bibliotecas. Ahora, los niños son libres de construir sus propios mundos y lo que es más importante, de llenarlos con su propio contenido. Este contenido está predominantemente centrado en el yo (el selfie es emblemático de esta tendencia). Entonces, en cierto sentido, la infancia ha sobrevivido; pero su naturaleza, qué es y cómo se experimenta y se representa, está cada vez más en manos de los jóvenes. Si la infancia alguna vez fue construida y grabada por adultos y reflejada hacia los niños (por ejemplo, en un álbum de fotos familiares cuidadosamente curado o en una serie de videoclips caseros), este ya no es el caso. Hoy, los jóvenes crean imágenes y las ponen en circulación sin la interferencia de los adultos.

En marcado contraste con la predicción de Postman, la infancia nunca desapareció. En cambio, se ha vuelto ubicua de una manera nueva e inesperada. Hoy en día, la niñez y la adolescencia son más visibles e impregnantes que nunca. Por primera vez en la historia, los niños y adolescentes tienen acceso generalizado a las tecnologías necesarias para representar sus vidas, hacer circular estas representaciones y forjar redes entre sí, a menudo con poca o ninguna supervisión de un adulto. El peligro potencial ya no es la desaparición de la infancia, sino la posibilidad de una infancia perpetua. La verdadera crisis de la era digital no es la desaparición de la infancia, sino el espectro de una infancia que nunca se puede olvidar.