Traducido del original en https://www.sapiens.org/culture/symbols-shifting-culture/ escrito por Jamie Hodgkins.


 

El estado cambiante de los símbolos culturales revela mucho sobre quiénes somos y qué valoramos.

En noviembre de 2016, una escuela primaria en mi vecindario de Stapleton, Denver, Colorado, amaneció con una esvástica pintada a su frente. Como arqueóloga que se especializa en identificar los restos de animales cazados por humanos primitivos, mi trabajo no suele involucrar símbolos muy a menudo. Pero después de este evento, comencé a prestar atención a los símbolos que me rodeaban.  Comencé a preguntarme sobre la creación de símbolos, la inmersión de la sociedad en ellos y lo que dicen estos fenómenos sobre nuestra cultura, tanto antigua como nueva.

A menudo se presupone que la arqueología está limitada al reino de los antiguos. Sin embargo, el objetivo de la arqueología no es desenterrar momentos estáticos de hace mucho tiempo, sino utilizar elementos materiales para rastrear las fluctuaciones de la cultura humana: para mostrar cómo cambian las cosas, cómo cambian los valores. Construimos estatuas, luego las desfiguramos o demolemos. Creamos símbolos, luego alteramos sus significados. Algunos argumentan con vehemencia que monumentos como las estatuas de los confederados deben dejarse en su lugar, que su parte en la historia no debe ser “borrada”. Pero el cambio no es un borrado de la historia; es una parte de ella.

La esvástica es un buen ejemplo. A fines del siglo XIX, la gran ambición del empresario y “arqueólogo” alemán Heinrich Schliemann era demostrar que las ciudades nombradas en La Ilíada de Homero eran reales; que los reyes, príncipes, lugares y batallas del poema griego eran algo más que historias.  En sus excavaciones, utilizando métodos que serían considerados como “saqueo destructivo” según los estándares actuales, Schliemann descubrió un sitio en la costa de Turquía que identificó como la antigua ciudad de Troya. En ella encontró más de mil variaciones de cruces con brazos que se extendían a ángulos rectos, o remolinos. Los nombró basándose en la palabra del sánscrito svastika, que significa bienestar.

Las famosas expediciones de Schliemann impulsaron el símbolo a la cultura pop occidental. A principios de 1900, la compañía Coca-Cola usó la esvástica en sus productos como una señal de bienestar, surgieron varios negocios inmobiliarios con nombres como Swastika Acres y hasta el equipo de béisbol de los Boston Braves lo usó en sus sombreros para tener buena suerte en un juego de 1914 contra los Dodgers de Brooklyn.

A medida que crecían los sentimientos nacionalistas en toda Europa en las primeras décadas del siglo XX, la esvástica popular se preparaba para ser reinterpretada. Símbolos similares a la esvástica se habían encontrado asociados con restos culturales de las primeras tribus germánicas. Los nacionalistas afirmaron que la presencia de esvásticas en los antiguos sitios arqueológicos de Eurasia, desde Alemania hasta la antigua Grecia, era evidencia de una “raza aria pura” ancestral. Una vez que Adolf Hitler adoptó el signo como unificador del partido nazi, la esvástica quedó indiscutiblemente definida como símbolo del poder ario. Es el símbolo bajo el cual millones de judíos fueron maltratados, torturados y asesinados. La esvástica se mantiene hasta hoy entre los símbolos de odio más potentes de la historia.

Las personas le dan un significado a los símbolos y, así como las culturas cambian, también lo hacen las representaciones de esa cultura. Arqueológicamente, la esvástica se ha encontrado en Europa, Asia, África y América, representando más comúnmente lo cíclico y lo positivo: ciclos solares, bienestar, buena fortuna, auspiciosidad y conciencia. En 2019, reconocemos la esvástica como un símbolo de odio y opresión; un símbolo que, lamentablemente, se utiliza cada vez más en la era de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. Para evitar más daños, mi comunidad actuó rápidamente para eliminar la pintura en aerosol de nuestra escuela local.

 

Tal vez el más famoso y controvertido ejemplo de la utilización de los símbolos en los últimos años en los EE.UU. es con respecto a las estatuas y banderas confederadas; por ejemplos, las intensas y letales protestas relacionadas a la estatua del general confederado Robert E. Lee en Charlottesville, Virginia. Los activistas que asocian estos símbolos con la esclavitud, el racismo y la supremacía blanca piden con vehemencia que se eliminen, mientras que otros ciudadanos apasionados luchan por mantenerlos en su lugar como marcas de la historia y el orgullo del Sur. Algunos funcionarios han decidido trasladar esas estatuas desde espacios públicos a museos, donde sus complejas historias pueden ubicarse en el contexto adecuado. La ciudad de Gainesville, Florida, trasladó una estatua confederada a un cementerio. Muchas otras ciudades han optado por dejar las estatuas, los nombres de lugares y los monumentos sin cambios. Cada una de estas opciones refleja la identidad y los valores culturales locales.

Ninguno de estos sugiere un nuevo fenómeno. Los nombres y los monumentos se mudaron, grabaron o contaminaron, pero no se olvidaron: las historias de tales cambios no solo persisten en las ciudades modernas sino que llenan volúmenes de libros de arqueología en el estante de la oficina de mi universidad.

Consideremos uno de los ejemplos más llamativos de esos volúmenes: el antiguo Egipto. Durante el reinado del faraón egipcio Amenhotep IV de 1353 aC a 1336 aC, hubo un cambio religioso drástico del culto politeísta a una religión centrada en adorar al dios Atón. Los líderes prohibieron la adoración de ídolos y templos cerrados. Amenhotep IV trasladó la ciudad capital de Egipto de Tebas a una nueva ciudad llamada Akhetaten (el horizonte de Atón) e incorporó “Atón” en su propio nombre, Akenatón, y los nombres de su familia, incluido su hijo y heredero Tutankhaten (imagen de Atón).

Este cambio drástico fue duro para la economía egipcia y desvió el enfoque del faraón de los asuntos internos y externos, amenazando la estabilidad de Egipto. Así, luego de la muerte de Akenatón, Tutankhaten y sus asesores invirtieron la revolución religiosa de su padre, restaurando al dios Atón a una posición de gran importancia entre muchos dioses y trasladando la ciudad capital a Tebas. También cambió su nombre: Tutankhaten se convirtió en Tutankamón (conocido hoy como Rey Tut). La ciudad de Akhetaten fue destruida, las estatuas de Akhenaton fueron enterradas y su nombre borrado, todo lo cual puede verse en el registro arqueológico.

De manera similar, varias estatuas alrededor de Francia fueron decapitadas durante las Guerras de Religión del siglo XVI y la Revolución de 1789 y aún hoy, siglos más tarde, siguen sin cabeza. Las estatuas de la era comunista en Sofía, Bulgaria, fueron cubiertas de graffitis tras la caída del comunismo. La persistencia de estas figuras vandalizadas demuestra que la restauración no era una prioridad cultural; en cambio, se han conservado como símbolos del “poder del pueblo” y la fuerza de los revolucionarios.

 

Cuando los arqueólogos evalúan símbolos culturales, a menudo encuentran evidencias de inercia contra el cambio. Las personas gastan cada vez más cantidad de energía y dinero en el mantenimiento de asentamientos, templos y monumentos, incluso ante grandes desafíos. Ponen tanto tiempo, esfuerzo y dinero en ellos que puede ser difícil dejarlos ir. Esta inercia (un compromiso con “costos irrecuperables” o inversiones pasadas) puede ser peligrosa y causar disfunción. Se le ha atribuido la fragmentación de muchas civilizaciones, desde los imperios mesopotámicos y mayas hasta el sangriento fin de la monarquía francesa. Tanto los cambios ambientales como los culturales son inevitables, y para que las sociedades prosperen, deben cambiar y adaptarse.

Probablemente estemos en medio de un levantamiento de este tipo en los Estados Unidos. Después de que Trump fue elegido en otoño de 2016, algunas de las protestas más grandes en la historia de Estados Unidos han planteado y visibilizado cuestiones relacionadas con la desigualdad, la salud ambiental, la educación y la violencia. Las comunidades de todo el país están aferrándose firmemente a sus valores e identidad.

En mi comunidad en Denver hemos estado luchando con la identidad de una urbanización que lleva el nombre del ex miembro del Ku Klux Klan y alcalde de la ciudad, Benjamin F. Stapleton. Su nombre fue utilizado también para reemplazar el del antiguo Aeropuerto Municipal de Denver (ahora Aeropuerto Internacional de Stapleton) en 1944. Cuando el aeropuerto se reubicó en 1995, el sitio fue habilitado para el desarrollo de un nuevo vecindario. Quien construyó allí se aprovechó de las inversiones pasadas que hicieron que la ubicación de “Stapleton” fuera bien conocida, facilitando su branding, a pesar de la opinión de la comunidad de que el nombre estaba vinculado al pasado anti-negros de Denver.

Este mismo encargado anunció este nombre por toda la ciudad, a través de la radio, altavoces, en carteles y en volantes, invadiendo muchos hogares que alguna vez estuvieron sujetos a las políticas discriminatorias vigentes durante la época de Stapleton como alcalde. En 2015, la sucursal local de Black Lives Matter inició una petición para cambiar el nombre. Ahora, la comunidad está concentrada en una pregunta: ¿Deben invertir en el mantenimiento de un nombre elegido previamente o invertir en un cambio?

En el curso de este debate, se han expresado inquietudes sobre el costo del cambio y sobre “borrar la historia”. Pero si estas son las preocupaciones principales del vecindario, ¿por qué la misma comunidad se unió para borrar la esvástica de nuestra escuela? Una escuela es un centro de aprendizaje, y una esvástica es un símbolo histórico poderoso. ¿Por qué no se enmarca y se usa la esvástica para educar a los niños sobre el pasado? La respuesta es obvia. La mera sugerencia de preservar la esvástica resultó ofensiva. Fue pintada como un acto de violencia, para incitar al miedo. No tiene lugar en nuestra comunidad y fue borrada oportunamente. Nadie ha argumentado que la historia fuese eliminada en este caso.

Los futuros arqueólogos encontrarán e interpretarán los símbolos de nuestra comunidad para comprender los valores de nuestro tiempo. Tal vez al pensar en la profunda marca que dejarán nuestras acciones en el futuro registro histórico se destacará la importancia de los signos, nombres, estatuas y símbolos que permitimos que persistan en nuestra sociedad. Deberíamos preguntarnos qué dicen estos símbolos culturales sobre nuestra identidad o nuestra comodidad con las ideologías pasadas. Y si no nos gusta la respuesta, entonces deberíamos invertir en un cambio.

Eliminar símbolos que tienen una historia oscura no borra los errores pasados, pero sí reconoce esos daños y abre las puertas a un futuro mejor: conceptos que entienden los alumnos de escuelas secundarias locales que han presionado para eliminar el nombre de Stapleton de su escuela. Quizás en este caso, nuestras generaciones futuras pueda influir en el pasado.