“¡Era realmente indignante la manera como la vida se mofaba de uno, era cosa para reír y de llorar! O bien se vivía, dando rienda suelta a los sentidos, hartándose en los pechos de la Madre Eva, y en tal caso, se conocían intensos placeres pero no se estaba protegido contra la caducidad: uno era entonces como un hongo del bosque, que hoy luce bellos colores y mañana está podrido; o bien uno se defendía y se encerraba en un taller y trataba de levantar un monumento a la vida huidiza, y entonces había que renunciar a la vida y uno era un mero instrumento, y aunque estaba al servicio de lo perduradero, se resecaba y perdía la libertad, la plenitud y el gozo de la vida (…) !Ah, y, sin embargo, la vida solo tenía un sentido si cabía alcanzar ambas cosas a la vez, si no se veía escindida por esa tajante oposición! ¡Crear sin tener que pagar por ello el precio del vivir! ¡Vivir sin tener que renunciar a la nobleza del crear! ¿Por ventura no era posible?”

“Narciso y Goldmundo” – Herman Hesse