Norte. Invierno. Mañana despejada: llegamos caminando, lentamente, con los hombros bajos y la cara arrugada por el reflejo del sol.
Consideramos desde el comienzo del viaje contar nuestros pasos, hacer un inventario constante de nuestro ímpetu y agradecimiento, una atenta re-evaluación de los objetivos que nos unían a usar los mismos zapatos; pisada tras otra, un bípedo inexperto en su anarquía somatizante.
Conversamos largo rato sobre las posibilidades de nuestros ojos como caleidoscopios: sabíamos que servían de prismas, reflejaban un arco de colores que empapaba la retina hasta agotarla de belleza, hasta hacernos desear no estar volviéndonos ciegos por la falta de protección (nadie piensa en sus ojos cuando se prepara para recorrer este desierto. No es una prioridad, no es una necesidad, no es un deseo ni un sudor de ansiedad que cubra las manos que vibran tapando la boca).
– No sé si tengo sed o si me estoy muriendo – dijimos, ignorando adrede el eco del unísono.

Noreste. Invierno. Tarde despejada: seguimos mareados después de la ultima disputa. Quien diga que no tengo razón, sabrá disculpar mi injusticia pero déjenme decirles, con mi mano en su corazón, que en este momento LA VERDAD es lo que menos importa. Lo más importante en este momento, es ESCUCHAR; media oreja apoyada sobre el médano, frangiendo orgulloso su pico de estrés por escuchar a las víboras acercarse.
“Dejen.de.serpentear.raspando.el.diafragma.contra.el.suelo”.
Eso y las dunas, quietas por el miedo.