Cuántos.
Y cuántos.
Zzzi cuento.
Cuantos llevo contados.
Cuántos casi sin cadencia.
Conectados a las vibraciones
De esta cárcel
De cristales y cartones.

 

“A-bi-da”, dice el nene atrás del vidrio que apenas llega a verme.

“A-pi-da-e”, lo corrige su madre. “Claro, es que el cartel debe estar gastado de tantas manos que le pasan”, como si fuese alguna clase de braille generoso con los videntes, un privilegio más dentro de la lista a tener en cuenta (esta última parte no la dicen, pero resuena un poco por encima de mi cabeza, con una voz muy parecida a la de mis cantos de ducha).

Siempre pensé que iba a doler cuando alguien me atravesara el pecho con un alfiler, pero resultó ser más cómodo de lo que pensaba. Cualquier cosa menos esa caja horrible, acá al menos tengo una fuente de luz, puedo ahogarme tranquilo en mi nostalgia, tratar de imaginar que el amarillo del amanecer contra el cartón es la primera mota de polen del día, moverme un poco (muy, muy poco. No vayan a darse cuenta de que estoy despierto y me empalen nuevamente o, peor aún, me congelen) para que se prenda a mi cuerpo, sentir los pelos de la panza raspar contra una superficie a la que no termino de acostumbrarme, tanto polvo que no sabe a sabia, no sabe a nada que haya llevado alguna vez, debería dejarlo caer, la reina se va a enojar de nuevo si llevo algo que no sirva para hacer miel.

¡La reina! ¿Estará bien? ¿Nos habremos mudado de nuevo ya? No puedo esperar para volver a verla. En cualquier momento, cuando entienda a dónde estoy, voy a salir corriendo y sobrevolar el panel muchas veces hasta que me reconozcan y me traigan, triunfante, como un soldado galardonado por su caída en batalla, dentro de la recamara y pueda estar ahí, a solas, con la reina de nuevo. ¿Le gustará la miel de polvo? ¿Sabrá alguna vez lo que es el polvo? No creo que las reinas vivan así, preguntándose de qué otras cosas se puede hacer miel o no. Creo que solo piensan en reproducirse y ya. Lo sabré cuando sea una reina. Si es que salgo alguna vez de este amanecer de polen en polvo grisáceo y gajos de patas de avispa en los ojos.

“Apoidea”, siento suspirar de los labios de un adolescente nervioso. Que gracioso, su aliento huele a miel incluso detrás del cristal. ¿Cuántas tazas de té habrá tomado? ¿Le gustará muy dulce? Nunca entendí esa obsesión de mis compañeras por enojarse cuando nos alejaban de golpe de la colmena para tomar un poco de nuestra miel. Mucho menos la de atacar, sigilosas primero, pululando como moscas buscando un cadáver, a quienes la usaban sobre su alimento o sus bebidas. Después de todo, es fruto de nuestro cuerpo, parte de nuestra existencia y sudor de nuestro esfuerzo. ¿No es lo mejor ver como otros lo disfrutan? Ellas me dicen que no está bien, que esos usos no están bien vistos por la reina, o que de esa manera nunca vamos a llegar a tener le mejor colmena de la manzana, o que si tanto quieren miel que deberían poder producirla ellos. Lo único que me importa es que nos vamos a extinguir pronto, según escuche muchas veces en la televisión como el otro día cuando estaba sentado encima de la mesa pensando en Susana y ella apareció en frente mío sosteniendo un televisor pero solo la pantalla y había un noticiero donde un hombre muy serio miraba directo a cámara y gritaba algo sobre la extinción de las abejas y yo escuchaba su suspiro y Susana lloraba mientras comía miel de arriba o de atrás del televisor o directo de su mano o eso es lo que me importa, poder dar uso al fruto de mi esfuerzo durante mi vida para hacer felices a quienes vienen a buscarlo.

Como aquella vez en que vinieron a buscarme mis papás a mi habitación y cuando abrieron la puerta estábamos en el shopping esperando a que nos atendieran y mi papá estaba gritándole a mi mamá algo de que nos estaban robando, de que no teníamos que quedarnos quietos y mi mamá lloraba como Susana tan pero tan parecida que tenía exactamente su cara hasta que se convirtió en ella y comió miel del pecho de papá mientras él seguía muy enojado y suspiraba que nos robábamos la miel mientras esperábamos a que nos la cobraran y después nos fuimos caminando por la costanera mirando a la gente saludando desde los aviones.

“Melittosphex burmensis”, gritaron de repente, al unísono, dos hermanos siameses tomados de las manos opuestas, queriendo acariciarme a través del vidrio sin darse cuenta de lo inútil de la tarea. Yo también era así cuando trabajaba; decidido, cabeza dura y siempre en busca de lo más hermoso para acariciar: una flor, nuestra colmena, un compañero o compañera, un ala ajena volando sola muy por encima del pasto ahogado de rocío, desprendiendo destellos de agua con cada arrebato haciéndome sentir atrapado mientras se agrandaba y ocupaba toda mi visión. Ojala pudiera mirarlos directamente, no adivinar sus figuras por las sombras que los reflejan como los ojos que tengo sobre las patas que se multiplican infinitos hacia los suyos cada vez más cerca mirándome directamente a los ojos mirándome directamente a los ojos mirándome directamente a las patas que se achican y se reagrupan sobre mis ojos. Debe ser temprano, me debo estar despertando. Estoy por ver a la reina, ¡qué emoción! Ya me había olvidado de su cara, aunque de a poco me voy acordando de ella, su mirada frente a la mía, desesperada por hacerme entender que le estaba dando miedo mi figura, que me estaba dando miedo mi figura y sentir mi cuerpo deshacerse como lo estaba haciendo soltando de a poco los colores a los costados como acuarelas con muchos vasos de agua tirados encima por error, me derrito me derrito y sin embargo no pierdo mi forma de hexágono perfecto frente a mis ojos frente a los ojos de los hermanos siameses y de Susana y de mi papá y de los ladrones y las abejas y las abejas y las abejas y la reina y los triángulos y la

 

 

 

 

oscuridad, los triángulos de neón encima del negro absoluto de un campo sin luna. Estoy desnudo, flotando sobre el pasto mojado con un tubo enorme de hierro atravesándome el pecho. No puedo respirar, pero las figuras que están frente a mí sí. Las siento expandir su abdomen con cada uno de mis pasos o aleteos o desplazamientos o simplemente es mi mirada que hace zoom sobre sus caras de abeja, las caras de abeja de los hexágonos y los triángulos y los círculos y los triángulos y los cuadrados y el pasto sobrevolando a la abeja que se formó por encima suyo. Pienso en miel una vez más, dejame pensar en miel una vez más antes de consumirme, dejame pensar en miel una vez más antes de que me deshaga en tu taza de té, por favor.