Viernes 29 de Junio. 13.30 aproximadamente.

Miro las fotos que acabo de sacar a las islas que estamos bordeando con el catamarán. Siento el leve murmullo de la voz de la guía escurriéndose del parlante sobre mi cabeza. Esta contándonos algo acerca de las aves que acabamos de ver, o de las que vamos a ver en breve, o de unas que están ahí cerca pero todavía no vimos (cómo saberlo).
Tengo una pregunta muy importante (al menos para mi cabeza adicta a las palabras) latente desde el desembarco del avión en la punta del continente: ¿qué significa la terminación -aia? Hay al menos dos cosas que la tienen donde estoy ahora mismo. Busco en internet, no tengo mucha suerte ni mucho menos ganas de perderme navegando por páginas de Google cuando las montañas me piden, caprichosas, que les de bola a ellas, que no voy a poder verlas todos los días y debería aprovechar (y, como casi siempre, las montañas tienen razón).
Sin embargo, no puedo evitar que se me dibuje constantemente la duda en la mirada, sé que se nota porque Marie me mira pestañarle al cielo y me pregunta si estoy bien, que dónde estoy y qué tengo en la cabeza.

– ¿Qué significará -aia? – pregunto una vez más, solo que esta vez, en voz alta y a ella.

Siguiendo los últimos tres minutos, plagados en su integridad por la luz del sol reflejada sobre el agua del canal directo a mis ojos y mejillas, surge estridente y segura una pausa del murmullo tenue, queriendo complementar la iluminación del momento: la guía está respondiendo, sin saberlo y con su ligero acento francés (perfecto para acompañar el suspenso), la pregunta que puso celosas a las montañas.

“Waia” significa “Bahía”. Ushuaia es “la bahía que mira al oeste”. Lapataia es “La bahía de la madera”.

Los yámanas llegan en banda a abrazarme los conceptos, a regalarme con un poco de recelo un pedacito de su lengua para dejarme tranquilo y, de paso, adorarla y saludarlos.

Bahia. Waia. Es un equilibrio inesperado de vocales que traen consigo las olas, las encierran en paréntesis de costa como en un abrazo que las caliente y las devuelva, como para que el océano se apacigüe y las esmeraldas que refleja entibien pronto, como minerales sobre la piel de la Tierra. Bahías del pensamiento. Waias de nosotros pisando el aire, envueltos en el encanto de la nieve (a lo lejos, en las islas, pero también en la punta de los dedos).

No sé por qué las preguntas se responden solas cuando las decimos en voz alta, pero hay algo que sé y refuerzo después de esta anécdota y muchas otras de este viaje: no quiero, ni pienso, dejar de preguntar nunca.