“Vosotros habéis oído hablar del Hombre que recorre los caminos del Tiempo: pero yo os digo que -aunque sea por un breve instante- contempléis la posibilidad de que el Hombre, en su ultérrimo sentido, permanezca inmóvil y sea el Tiempo, en su continuo devenir, el que rodando bajo sus pies le de la ilusión de la sucesión de los momentos.” 

– Jorge Angel Livraga

 

Pensemos por un momento en tu pecho, hagamos/seme/se-te ese favor en lugar de solo dar vueltas entre lo correcto y lo incorrecto de la situación que te ocupa y nos preocupa y me obliga a escribir con recursos paupérrimos.

¿Qué

    tan

        lejos

            de vos

        está

    tu

aliento?

Posiblemente en las montañas.

O en la nieve, aquella caspa eterna que te da tanto asco como la real, te paraliza igual aunque sin tanta suerte porque no existe, porque no va a venir con un descuido, sólo con un cambio repentino y poderoso de tu materialidad.

Subite a un avión, ya fue, subite a mis hombros y saltá, agarrate del ala de aquel boeing ruidoso y nos vemos cuando se te desdibuje la sonrisa de los labios (porque te hayas cansado de estar tan feliz, no porque hayas dejado de estarlo).

Es justo el tiempo, en su inmortal recaída, al decirme todos los días que hoy sí, que hoy no va a estar más. Me parece de lo más considerado avisándome, como mi vieja cuando estaba el desayuno, que el momento es el adecuado para dejar de pensar en los momentos, y para dejar de creer que lo que existe tiene alguna otra dimensión que la visual, que la que me incumbe y sobre la que puedo hacer cambios significativos.

Cualquiera de mis rasguños en la otra, en esa Quinta Dimensión, en esa piel del quinto cuerpo verdadero, pasaron inadvertidos (pero me gustaría hacerle tan mal como a mi propia piel. Lastimarla hasta que sangre el tiempo, que caiga por la cara de los ángulos, que enceguezca todos los sentidos de nuestra capa más baja. Dejar de sentir por falta de existencia, digamos).

Mi destino último es hacer de estas palabras un cuerpo, una vida más, que cuente una historia que valga la pena ser leída. Dejar salir a todas esas personalidades de las que hablé en algún momento en mi vida. Sopesar su libertad, ¿está bien que puedan escucharme respirar?

Aunque mejor primero tener un poco más en cuenta mi propia libertad.

Está

    bien

         que yo mismo

me

escuche

respirar

A veces.