Te extrañaba, caminar descalzo por el pasto.
Los esclavos vienen gritando tu nombre
hace días:
tu lengua tiene todos los sabores que les faltan
y andan desorientados
sin esa reciprocidad
(porque así es como funciona,
mis pies y el piso
dos lenguas espejadas
o invertidas, según el veneno,
que se encuentran poco
pero cuando se tocan
erizan como las copas de los árboles
al sol).

Te extrañaba, caminar descalzo por la arena.
Sos como la honestidad privada
de mis momentos de ausencia
(sólo el resto del mundo,
jamas la de mi cabeza):
me haces sentir que los traumas
no son más que discos rayados,
arte inútil del subconsciente
que se recurre
(como un sueño o una dolencia)
y hundirse ya no es tan malo
mientras ahogarse sea tan cálido
como tu reino;
como vos.

Te extrañaba, caminar descalzo por el pavimento.
Hay vidrios rotos
encima de los azulejos.
Los borrachos de ayer
mearon todos los costados
de tu camino
y el vapor es tan intenso
que ya ni la luna te pide disculpas,
pero yo sí:
perdonanos por privarte de nuestros pies.
Perdoname por amagar con el tacto
que la goma se puede llegar a derretir
o que tres pasos son dos de más
y algo de más ya es demasiado.
Te pido perdón porque no es culpa tuya
si pudiésemos flotar,
¡creeme!,
lo haríamos.
Pero Atlas te eligió como su omóplato
y nosotros de piedra llevamos tres pasos.

Perdoname por hacerte pensar
que estoy tan cerca tuyo
que puedo pisarte
sin parar a mirar.
Si corro, sabe que es para dolerte menos
sabe que si corro
es porque estoy practicando
cómo volar.

Me suelto
un poquito
y te cuento
qué hago
en vez de pedirte
que hagas por mi

Me duermo (pero igual te pido que me sueñes).